Lock In nació de un suspenso
Quién la hace
Un estudiante que iba mal. No una empresa, no un equipo de marketing: una persona que necesitaba exactamente esta herramienta y no la encontró en ningún sitio.
Por qué existe
Porque un cronómetro de dos botones me salvó una beca, y después una carrera entera. Lock In es lo que me habría gustado tener aquel año.
01 El que suspendía
Empecé ADE porque había que empezar algo. A los dieciocho años nadie sabe nada, pero todo el mundo espera que elijas.
Iba a clase. Subrayaba apuntes con tres colores. Me sentaba delante del libro las horas que hiciera falta. Y suspendía igual.
Lo peor no era el suspenso: era no entender por qué. Yo estudiaba —o eso creía—, y aun así tenía la sensación de estar remando sin moverme del sitio.
En casa se notaba. Mis padres no gritaban: hacían algo peor, preguntaban. «¿Qué tal llevas la de estadística?» Y yo no sabía qué contestar, porque de verdad no lo sabía.
02 Los números, por sorpresa
La presión de casa me sentó delante del escritorio muchas más horas de las que yo habría elegido. Al principio iba por obligación.
Y entonces pasó algo que no estaba en el guion: de tanto pelearme con ellos, los números empezaron a caerme bien.
Primero fue una ecuación que salió a la primera. Después un examen de matemáticas al que no llegué con miedo. Había encontrado la parte de la carrera donde las cosas o están bien o están mal, sin depender de lo bonito que lo hayas redactado. Ahí me sentía en casa.
Seguía siendo un mal estudiante. Pero por primera vez había algo que quería estudiar.
03 El año de la beca
Segundo año. Para conservar la beca tenía que aprobarlo todo.
Todo. Sin una asignatura torcida, sin un margen donde esconderse. Era la primera vez que estudiar tenía consecuencias con fecha.
Y en mitad de esa presión hice algo ridículamente pequeño: me descargué una app de cronómetro. Play al sentarme, stop al levantarme. Nada más.
La primera semana me llevé un susto. Lo que yo llamaba «toda la tarde estudiando» eran una hora y cuarenta minutos reales. El resto era móvil, nevera y empezar la misma página por tercera vez.
Aquel cronómetro no me hizo más listo. Me hizo consciente. Y una hora que puedes ver es una hora que puedes defender.
Ese año aprobé todo. Y conservé la beca.
Lo que no se mide se escapa. Y a mí se me estaban escapando los años.
04 El salto
Podía haberme quedado ahí. Tranquilo, con la beca salvada, terminando una carrera que por fin tenía domada.
Pero ese año había descubierto dos cosas: que me gustaban los números y que por fin sabía estudiar. Con esas dos cartas en la mano, ADE se me quedó pequeña.
Así que hice la locura. Dejé la carrera empezada y me matriculé en Ingeniería Informática.
En casa saltaron todas las alarmas. Dejar una carrera a medias, viniendo de donde yo venía, no sonaba a ambición: sonaba a la excusa de siempre. La pregunta estaba encima de la mesa aunque nadie la dijera en voz alta: ¿y si vuelve a pasar lo de antes?
La condición fue la de siempre, y esta vez me la puse yo también: aprobarlo todo.
05 Aprobarlo todo
Informática era otro deporte. Más asignaturas duras, más horas, y un primer parcial que te coloca en tu sitio por si te habías venido arriba.
La diferencia es que ya no iba a ciegas. Sabía cuántas horas ponía de verdad, sabía en qué asignatura se me escapaban y sabía distinguir cuándo estaba estudiando de cuándo estaba haciendo el paripé de estudiar.
No hubo ningún truco. Hubo cronómetro, constancia y bastantes tardes largas.
El que suspendía en ADE terminó Ingeniería Informática sin dejarse una sola asignatura por el camino.
06 Devolver el favor
Al terminar la carrera me puse a desarrollar aplicaciones Android. Y un día, montando la enésima pantalla para otro, caí en la cuenta de algo.
Lo que me cambió la carrera no fue un método, ni un curso, ni un libro de productividad. Fue un cronómetro con un botón.
Y encima era un cronómetro malo. No sabía de asignaturas. No se acordaba de la semana pasada. No me acompañaba en la parte difícil, que no es ponerse un día: es volver a ponerse el martes siguiente.
Imagínate lo que habría hecho con algo pensado de verdad para estudiar.
Eso es Lock In. Tus asignaturas por separado, tu constancia a la vista, un jardín que solo crece si tú te sientas, y gente estudiando al mismo tiempo que tú al otro lado de la pantalla.
Está hecha por alguien que la necesitó. Por eso no lleva anuncios ni te mide para vender el dato. Solo hace una cosa: enseñarte tu tiempo, para que puedas defenderlo.